Arranco el coche, salgo del garaje y tras varios semáforos entro en la autopista , tranquilo, ignorando lo que me esperaba unos kilómetros más adelante.
El primer aviso de que algo no va bien lo percibo cuando por el retrovisor (soy de los que los usan) veo un coche gris haciendo un slalom. Deseando con todas mis fuerzas que la policía ande cerca (nunca están donde se les necesita) procuro molestar lo menos posible a “Alonso” cuando llega a mi lado, como si fuese un doblado. Un Ford V nosecuantos gris, de los que no traen intermitentes de serie y con pegatina en el cristal de atrás: Radical.
Me pasa arrancándome mis pegatinas (si las llevara, intento que mi coche sea lo más neutro posible) y tras unos cuantos adelantamientos dignos de una carrera, saliendo indistintamente por izquierda o derecha y pegadito al coche de delante para aprovechar el rebufo, lo pierdo de vista.
Poco después llego al primer atasco del día. Los dos carriles están bloqueados, pero por alguna extraña razón el mío avanza más rápido que el de la izquierda, en el que unos coches más adelante reconozco al Radical. Tras un rápido cálculo enseguida intuyo que no tardaré mucho en adelantarle. Bueno, técnicamente, en rebasarle. Tanto correr para acabar en el mismo sitio. La suerte quiere que justo deba detenerme a su lado.
Yo, lógicamente, aprovecho para mirar a la izquierda y observar detenidamente la cara de un gilipollas. Varón, alto, trajeado, camisa azul bilbao y corbata a rayas rojas, barba recortada finamente. Pinta de comercial, de los que van de empresa en empresa vendiendo algo. Tiene un bocata en la mano derecha y una lata de Kas Naranja en la izquierda. Cierro los ojos; vuelvo a abrirlos. Verifico la información previamente recibida. No hay duda. El muy capullo está comiendo en el coche mientras pilota hacia alguna cita.
Come con un aire de superioridad muy difícil de describir. Lo hace con cara de sentirse muy a gusto consigo mismo, masticando de forma agresiva, muy acorde a su forma de conducir. No es consciente de que el problema no es si se la va a pegar o no, sino cuándo se la va a pegar. Espero que por lo menos sea solo, y no contra algún desgraciado. O desgraciada.
Avanzando lentamente llegamos, veinte minutos después, al motivo del atasco. Un coche ha sido golpeado suavemente por detrás y su conductor ha perdido el control, estrellándose violentamente contra la mediana, en el carril izquierdo. La ambulancia ya ha hecho su trabajo y no queda más que la mezcla de sangre y líquidos del motor sobre el asfalto. El hombre que ha provocado el accidente da explicaciones a los agentes, con aspecto triste, apoyado en el capó de su vehículo, que apenas ha resultado dañado. La peor parte la ha llevado el otro. Todavía tiene el peto verde puesto, lo que da a la situación un aspecto aún más patético.
Miro la cara del gilipollas del Ford, y veo que no se ha dado por aludido. Menea la cabeza al ritmo de la música que escucha en su máquina, tras mirar con curiosidad el accidente. Sigue comiendo el bocadillo y de vez en cuando pega un trago de la lata.
Llega nuestro turno. Por fin el agente nos da la salida. Por supuesto le dejo pasar, a pesar de que le tenía ganada la posición. Se corta un poco por la cercanía de la pasma y no sale dejando rueda y entre una nube de humo, pero poco después, en la lejanía, se intuye un coche gris que cambia vertiginosamente de carril. Algunos nunca aprenden. Sólo espero que el próximo coche que vea estrellado contra el quitamiedos de la mediana sea el suyo. O por lo menos que no sea el mío después de que un imbécil como él me toque por detrás por haber calculado mal un adelantamiento imposible.